Ahora que más o menos volvemos a la normalidad, y por normalidad quiero decir, que la gente va menos alcoholizada por la calle, que el consumo eléctrico público desciende de nuevo a sus niveles normales, que las noticias dejan de ser ten estúpidas como la salida de Santa Claus de su ciudad en Laponia, y que las personas agraciadas con los sorteos de loterías ya han tapado todos los agujeros que tenían que tapar… me gustaría comentar un par de cosas sobre las actitudes humanas antinaturales.
Llega el invierno. Y con las primeras nevadas, las primeras colas en los puertos de montaña para acceder a las pistas de esquí, que en su arquitectura resumida, no son más que las laderas de unas montañas cubiertas de nieve por donde la gente se tira cuesta abajo sin ningún miramiento sobre unas láminas alargadas que patinan sobre la superficie helada. ¡Qué diversión! Nos dejamos un dineral en material para esta actividad, luego nos dejamos un dineral, en el alojamiento, a no ser que te dejes el dineral en el transporte, o en combustible. Nos dejamos un dineral en los pases para acceder a las pistas. Nos dejamos el dineral en la comida en pista. Que eso si es mortal. Una vez subí a unas pistas, por eso de acompañar a unos colegas de profesión y documentarme para la novela Escapando de Fenax, donde explicaba las peripecias de Jack Belasco, un prisionero de las guerras de Venus, que escapa de su prisión de alta montaña. Pero bueno, la cosa es que me dirigí al restaurante y examinando la extensa carta, que solo contaba con hamburguesa, nuggets de pollo y pizza, me decidí por esta última. La factura ascendió a unos diez euros. Cosa que no me habría molestado de no ser porque en mi cara, sacaron una pizza Casa Terradellas, que no cuestan más de tres euros, la metieron en el microondas y me la pusieron sobre un trozo de cartón. Solo les faltó, escupirme en la cara.
¿Alguien ve normal esto? Bajamos de las pistas lloriqueando que no queda dinero para hacer los regalos navideños. Sacamos el dinero de una paga extra. Nos la gastamos en comprar cosas que a la mayoría de nuestros congéneres no les gusta, y lo hacemos a un precio desorbitado, cuando una o dos semanas después, empiezan las rebajas, en las que nos encontramos con descuentos de hasta el 80%.
Después de empezar el año sin un duro, y lloriqueando de nuevo, empiezan las rebajas y vamos todos a comprar como descosidos.
Y yo, no dejo de preguntarme. ¿En la época de Jesús, como era todo esto?
Capernaum. Año 30 de nuestra era.
Unos jóvenes se acercan a Jesús.
-Jesús, mira que sabemos que no naciste el 25 de diciembre, pero aprovechando que los romanos van a estar celebrando las fiestas Saturnales, y que no va a haber controles de alcoholemia, pues hemos pensado celebrar tu cumpleaños ahora.
-Pero yo nací en octubre
-Ya, pero es ahora cuando salen a la venta más cosas guapas en las que gastar nuestros denarios. Bueno, pues nos vemos luego que tenemos que ir al Gran Vía Apia 2 a comprar.
Sin dejar habar a Jesús, los jóvenes se van.
Yo personalmente, no veo nada natural el comportamiento humano de estas fechas, al igual que no veo natural el hecho de ponerse sobre un trozo de tela, esta a su vez sobre la arena de una playa a tomar el sol durante largas e interminables horas a lo largo de los meses de verano. Lo encuentro una gran pérdida de tiempo, a no ser que quieras dedicar tu tiempo a acelerar el proceso de envejecimiento de la dermis.
¿Qué opináis vosotros?
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